Veneración
El prior del pueblo Juan Acuña del Adarve inició el proceso de
confirmación del culto. En 1628 se abrió el sepulcro y las reliquias
fueran llevadas a Villanueva mientras se construía una nueva ermita;
algunas se enviaron a Andujar y otras a la catedral de Jaén. En 1636 se oficializó el culto por decreto del obispo Baltasar Moscoso y Sandoval, y fue canonizada en 1638 durante el papado de Urbano VIII.
Las reliquias se instalaron en la nueva ermita el 15 de abril de
1640, pero años después, por el temor que una crecida del río las
pusiese en peligro, fueron nuevamente llevadas a la iglesia de
Villanueva, donde reposaron hasta que en 1936, durante la Guerra civil española, fueron profanadas y lanzados al río, donde se perdieron definitivamente. En las cercanías del sepulcro se le atribuyen propiedades milagrosas,
especialmente contra las fiebres palúdicas, que eran frecuentes en la
región.
El tiempo borró los detalles de su biografía y comenzaron a elaborar
leyendas que quería explicarla de una manera más «heróica». Se
conservaba el sepulcro y la memoria que había sido una tejedora pobre
que vivía cerca de la iglesia. Al vivir voluntariamente recluida y sin
salir de su cámara era, como se llamaba entonces, una «emparedada».
Con el tiempo, el término se interpretó mal y se pensó que Potenciana
había muerto martirizada y que había sido emparedada expresamente para
que muriera. La leyenda trasmitida del martirio, para hacerlo posible,
trasladaba la santa a épocas remotas y bajo el dominio musulmán, de
manera que tuviera lógica esta muerte: así, se situaba en el Califato,
hacia los siglos IX-X, o más tarde, pero antes de la conquista
cristiana.
Así, la versión popular dice que era una joven tejedora de época
mozárabe y que, para no renegar de su fe cristiana, fue torturada por
los musulmanes y condenada a morir emparedada. La imagen de la iglesia
de Villanueva, que se saca anualmente en procesión, la representa con
palma de martirio.
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